Desarticularon una banda narco que operaba en General Pico con órdenes desde una cárcel. El caso vuelve a exponer fallas en el control penitenciario.
Mientras el relato oficial habla de “golpes al narcotráfico”, la realidad vuelve a mostrar una escena repetida: presos que, lejos de estar aislados, siguen manejando negocios desde adentro.
Esta vez, el escenario fue General Pico. Según informó el Ministerio de Seguridad, una estructura narco criminal fue desarticulada tras una investigación iniciada en agosto de 2025 a partir de una denuncia anónima por venta de droga en el Barrio Federal.
El dato que incomoda —y mucho—: la organización era coordinada desde el interior de una unidad penitenciaria. Es decir, el supuesto lugar de castigo funcionaba, en los hechos, como oficina central del negocio.
El operativo estuvo a cargo de la División Antidrogas local junto al Departamento Federal de Investigaciones de la Policía Federal. Durante meses siguieron la pista de una red dedicada al narcomenudeo, con ramificaciones en la ciudad y una estructura que combinaba vendedores en la calle con dirección estratégica desde la cárcel.
No es un caso aislado. Es un síntoma.
Porque cada vez que aparece una banda que opera desde prisión, la pregunta es la misma: ¿quién controla a quién?
La noticia viene con moño oficial: “desarticulamos”, “golpe al narcotráfico”, “trabajo coordinado”. Todo prolijo, todo comunicado.
Ahora, bajemos a tierra: si un preso puede manejar una red de venta de droga desde una cárcel pampeana, el problema no es solo el narco. El problema es el sistema.
¿Teléfonos? ¿Connivencia? ¿Falta de control? ¿Todo junto?
En La Pampa nos vendieron durante años la idea de “provincia tranquila”. Pero la tranquilidad parece tener señal de celular en los pabellones.
Y mientras tanto, el narcomenudeo sigue en los barrios. No en Netflix. En Pico. A la vuelta de tu casa.
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