En Pico y Santa Rosa, el golpe del 76 no fue ajeno. A 50 años, la memoria incomoda más que nunca. ¿Todavía hay cosas que no se quieren contar?
El golpe del 76 en General Pico y Santa Rosa no fue una historia lejana: fue miedo, silencio y ausencias en plena vida cotidiana pampeana.
En General Pico y Santa Rosa, la memoria no es un acto simbólico para la foto. Es un recordatorio de que el poder, cuando no se controla, avanza. Y avanza en silencio.
Mientras las imágenes más difundidas se concentraban en Buenos Aires, en La Pampa el terror avanzaba sin cámaras. En Santa Rosa, el poder se reordenó rápido. En General Pico, la rutina se quebró sin aviso.
No hicieron falta tanques en cada esquina: alcanzaron las listas negras, las detenciones y el mensaje implícito de que hablar podía costar caro. La dictadura también tuvo su versión pampeana, más silenciosa pero igual de efectiva.
En los barrios todavía se respira esa historia. Casas donde alguien no volvió. Familias atravesadas por el miedo. Docentes, trabajadores y militantes que desaparecieron de la escena cotidiana.
Durante años se quiso instalar la idea de que el interior había sido ajeno. Pero no: hubo persecución, hubo complicidades y hubo una red que permitió que el terror también se arraigara en suelo pampeano.
Queda la memoria. Y también la incomodidad. Porque recordar no es un acto neutral: es una toma de posición frente a la historia.
Cada vez que se relativiza lo ocurrido, cada vez que se habla de “excesos” en lugar de terrorismo de Estado, no solo se discute el pasado: se pone en juego el presente.
Lo incómodo no es recordar: lo incómodo es aceptar que hubo vecinos que callaron, que miraron para otro lado o que directamente acompañaron. La dictadura no fue una película lejana. Pasó acá, en la cuadra, en la escuela, en el trabajo.
A 50 años, el verdadero problema no es lo que pasó. Es lo que algunos todavía intentan justificar… o peor, olvidar.
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